—¿Pero no lo viste?

Es una pregunta que aparece con frecuencia después de un incidente.

Había una señal, una anomalía, algo que no estaba como debía. Y, sin embargo, la persona continuó trabajando.

Desde fuera, especialmente cuando ya sabemos lo que ocurrió, puede parecernos evidente que debería haberlo advertido.

Pero hay una diferencia importante entre tener algo delante, darse cuenta de que está ocurriendo y comprender qué significa.

Y todavía queda otra cuestión: decidir qué hacer.

Lo que tenemos delante no es todo lo que vemos

Una persona está supervisando una instalación cuando aparece una pequeña variación en uno de los indicadores.

La máquina sigue funcionando. No se activa ninguna alarma y la tarea continúa con normalidad.

Más tarde se descubre que aquella variación era una señal temprana de un problema.

Al revisar lo ocurrido, alguien pregunta:

—¿Cómo no te diste cuenta?

Quizá la persona no llegó a advertir el cambio.

Estaba pendiente de otras señales, atendía una incidencia o la variación era difícil de distinguir entre la información que tenía delante.

Nuestra atención es limitada. No registramos todo lo que sucede a nuestro alrededor con el mismo detalle.

Influyen la tarea que estamos realizando, lo que esperamos encontrar, nuestra experiencia y la forma en que se presenta la información.

Por eso, cuando una señal pasa inadvertida, conviene mirar también cómo estaba diseñada la tarea.

¿Cuántas cosas debía vigilar aquella persona? ¿La información importante destacaba suficientemente? ¿Había alguna advertencia que facilitara reconocer una situación anómala?

No siempre necesitamos pedir más atención.

A veces podemos hacer que lo importante sea más fácil de detectar.

Ver una señal no significa comprenderla igual

Imaginemos ahora que la persona sí advirtió la variación.

La vio, pero consideró que no tenía importancia.

Quizá había observado cambios parecidos otras veces sin que ocurriera nada. Tal vez desconocía que aquella variación podía anunciar un problema. O disponía de información que le hizo interpretar la situación de otra manera.

Aquí la dificultad ya no está necesariamente en detectar la señal.

Está en el significado que le atribuimos.

La experiencia puede ayudarnos a reconocer indicios que otras personas pasarían por alto.

Pero también puede llevarnos a considerar normales situaciones que merecerían una comprobación.

Por eso no basta con preguntar:

—¿Lo viste?

Necesitamos saber qué entendió la persona que estaba ocurriendo.

Y contrastar esa interpretación con la información disponible en aquel momento, no únicamente con lo que sabemos después.

Si la señal era ambigua, quizá necesitemos mejorar los criterios para interpretarla.

Si requería conocimientos específicos, puede ser necesario reforzarlos.

Y si distintas personas interpretan de forma diferente una misma anomalía, tenemos una buena razón para revisar cómo se comparte ese conocimiento.

Reconocer el riesgo y decidir continuar

Existe una tercera posibilidad.

La persona vio la variación, comprendió que podía indicar un problema y decidió continuar.

Quizá pensó que podía terminar la tarea sin consecuencias. Que tenía la situación controlada. Que no era necesario detenerse todavía.

O sabía que debía parar y decidió no hacerlo.

Aquí la pregunta cambia.

¿Qué alternativas tenía? ¿Qué consecuencias esperaba? ¿Existían criterios claros sobre cuándo detener la instalación? ¿Qué había ocurrido otras veces ante una situación parecida?

Las respuestas pueden mostrarnos dificultades diferentes.

Puede que los criterios de actuación no estuvieran suficientemente definidos. Que hubiera una práctica habitual de continuar ante determinadas señales. O que la persona decidiera incumplir una instrucción clara y aplicable.

No son situaciones equivalentes y no deberían recibir automáticamente la misma respuesta.

Tres preguntas que cambian nuestra intervención

Cuando alguien continúa trabajando ante una señal que exigía una actuación diferente, podemos empezar por distinguir tres cuestiones:

¿Llegó a detectar la señal?

Si no la detectó, examinaremos su visibilidad, las exigencias de atención y las condiciones en las que realizaba la tarea.

¿Qué significado le atribuyó?

Si la detectó, necesitaremos comprender cómo la interpretó, qué sabía y qué información tenía disponible.

¿Por qué decidió actuar de aquella manera?

Si reconoció el riesgo, habrá que reconstruir las alternativas, los criterios de decisión y las circunstancias que pudieron influir.

No son tres fases que siempre ocurran de forma separada. En el trabajo real pueden mezclarse, y reconstruir después lo que alguien percibió o pensó tiene sus limitaciones.

Las preguntas nos ayudan a evitar una respuesta única para problemas diferentes.

Repetir una formación puede ser útil cuando faltan conocimientos. Difícilmente resolverá una señal que apenas se distingue.

Mejorar una alarma puede facilitar la detección, pero no bastará si alguien reconoce su significado y decide ignorarla.

Y pedir que se preste más atención no resuelve por sí solo una tarea que exige vigilar demasiadas cosas simultáneamente.

¿Y qué ocurre cuando alguien decide detenerse?

Hasta ahora hemos hablado de quien continúa trabajando.

Pero también merece la pena mirar qué ocurre cuando una persona reconoce una señal y decide actuar.

¿Tiene claro a quién comunicarla? ¿Sabe cuándo debe detenerse? ¿Encuentra respaldo si interrumpe una tarea para comprobar una anomalía?

Estas condiciones pueden influir en las decisiones.

Y aquí vuelve a aparecer Seguridad Sentida.

La experiencia de encontrar respaldo, de poder plantear una duda o de confiar en la respuesta de los responsables puede ser relevante.

Pero no podemos saber qué esperaba aquella persona únicamente por lo que hizo.

Tendremos que preguntarlo.

También puede ocurrir que se sintiera plenamente respaldada y, aun así, decidiera continuar.

Lo importante es no confundir nuestras hipótesis con lo que realmente sabemos.

Ver el riesgo no es todavía decidir qué hacer

Después de un incidente, muchas señales parecen evidentes.

Sabemos dónde estaba el problema, qué ocurrió después y qué habría convenido hacer.

La persona que estaba trabajando no disponía necesariamente de esa misma información.

Por eso conviene reconstruir la situación desde lo que podía conocer en aquel momento.

Quizá no detectó la señal.

Quizá la vio y no comprendió su importancia.

O quizá reconoció el riesgo y tomó una decisión que debemos analizar.

Cada posibilidad nos lleva a preguntas y actuaciones diferentes.

Ver el riesgo no es todavía decidir qué hacer.

Y hay algo más.

Una persona puede saber qué debe hacer, reconocer el riesgo y querer actuar correctamente.

Pero ¿dispone de lo necesario para hacerlo?

Esa será la pregunta de la siguiente entrega.

—Pero si sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Es una frase que aparece con frecuencia después de un incidente, una desviación o una decisión que no esperábamos.

La persona había recibido formación. Conocía el procedimiento. Sabía que existía un riesgo. Y, aun así, hizo otra cosa.

Entonces llegan las explicaciones.

Se confió. Se distrajo. Quiso terminar antes. No valoró suficientemente el riesgo. Tiene malos hábitos.

Alguna puede ser cierta. Pero saber qué hizo una persona no significa todavía saber por qué lo hizo.

La conducta es lo que vemos

Surge una incidencia durante una intervención de mantenimiento.

La persona conoce el procedimiento para resolverla. La herramienta que necesita no está en el punto de trabajo, la instalación lleva un tiempo parada y existe una forma más rápida de continuar que ya se ha utilizado otras veces.

Decide hacerlo así.

Podemos describir lo ocurrido con bastante precisión: no siguió el procedimiento establecido.

Es un dato importante. Lo que todavía no sabemos es qué ocurrió hasta llegar a esa decisión.

Necesitamos reconstruir la situación: qué estaba intentando resolver, con qué medios contaba, qué alternativas tenía y qué se hacía habitualmente cuando aparecía un problema parecido.

No porque necesariamente exista una explicación compleja detrás, sino porque hemos visto la conducta, pero todavía nos falta parte del trabajo en el que ocurrió.

Saber importa

En prevención dedicamos mucho esfuerzo a conseguir que las personas sepan qué tienen que hacer. Formamos, informamos, establecemos procedimientos y entrenamos competencias.

Y necesitamos hacerlo.

Si alguien desconoce un riesgo o no sabe realizar correctamente una tarea, tenemos información muy relevante para actuar.

La dificultad aparece cuando la persona sí sabía.

En ese caso, volver a explicarle lo que ya conocía nos permite hacer algo, pero puede dejarnos exactamente en el mismo punto respecto a lo ocurrido.

Hay varias posibilidades. El procedimiento no encajaba bien con la situación. Faltaba un recurso o necesitaba ayuda. Existía una forma habitual de resolver aquella incidencia.

O todo estaba disponible y, sencillamente, tomó una decisión diferente a la esperada.

Todavía no sabemos cuál de esas situaciones tenemos delante.

Mirar alrededor

Cuando algo sale mal, la persona que realizó la acción es muy visible.

La herramienta que estaba lejos, bastante menos.

También pueden pasar inadvertidos una tarea difícil de ejecutar como estaba prevista, una coordinación que falla, una práctica compartida por el equipo o una decisión organizativa tomada mucho antes.

Eso no significa que la explicación tenga que estar ahí.

Los medios pueden estar disponibles, el procedimiento ser aplicable, la persona tener conocimiento y experiencia suficientes y existir respaldo para actuar de otra manera.

Entonces tendremos que mirar también la decisión que tomó.

No necesitamos elegir de antemano entre «la persona» y «el sistema».

Necesitamos averiguar qué ocurrió.

Hay algo que tampoco vemos desde fuera

En la primera serie de Seguridad Sentida nos preguntamos cómo viven las personas la prevención:

¿Puedo creer en lo que veo? ¿Mi voz cuenta? ¿Me siento protegido? ¿Nos cuidamos? Y, finalmente, ¿importo aquí?

Con esta nueva serie, Seguridad Sentida en acción, quiero llevar esa mirada al trabajo cotidiano: a las situaciones que encontramos, las decisiones que tomamos y lo que necesitamos comprender antes de intervenir.

Volvamos a la intervención de mantenimiento.

Nos interesa saber si aquella persona esperaba encontrar respaldo si detenía la tarea o qué había ocurrido otras veces cuando alguien planteó una dificultad.

Pero también es posible que esa experiencia no tuviera ninguna importancia en lo sucedido.

Hay que averiguarlo.

Que alguien continúe una tarea no demuestra que no se sintiera protegido. Que alguien calle no demuestra que tuviera miedo. Que incumpla un procedimiento tampoco demuestra por sí solo falta de compromiso.

Son hipótesis, no hechos.

Por eso hay una regla que quiero mantener durante toda esta serie:

La experiencia se pregunta. No se presume.

Comprender no es justificar

Intentar saber qué ocurrió no convierte cualquier decisión en aceptable.

Una práctica insegura puede tener que detenerse. Una persona puede haber tomado una decisión inadecuada. Puede existir una responsabilidad individual clara.

Comprenderlo no borra nada de eso.

Nos permite distinguir situaciones que desde fuera podían parecer iguales.

No es lo mismo descubrir que alguien desconocía un riesgo que comprobar que lo conocía perfectamente. Tampoco es lo mismo encontrar un recurso que faltaba, una práctica compartida por el equipo o un procedimiento difícil de aplicar que comprobar que alguien decidió no seguir un procedimiento perfectamente aplicable.

Antes de explicar, reconstruir

La próxima vez que una conducta nos sorprenda podemos probar algo.

Retrasar unos minutos la explicación.

Ir al lugar. Hablar con quien estaba haciendo el trabajo. Reconstruir la situación y separar lo que sabemos de lo que estamos suponiendo.

Decir:

—No siguió el procedimiento.

puede ser completamente cierto.

Decir:

—No siguió el procedimiento porque se confió.

ya exige saber algo que no estaba en la conducta.

Y lo mismo ocurre si sustituimos esa explicación por otra aparentemente más sofisticada:

—No siguió el procedimiento porque no se sentía protegido.

Tampoco lo sabemos.

Nuestra propia mirada no puede convertirse en otra explicación automática.

Por eso quiero empezar esta serie desde un lugar sencillo:

La conducta es un dato, no una explicación.

A partir de ahí podemos mirar qué estaba ocurriendo, qué intentaba resolver aquella persona y en qué condiciones tenía que hacerlo.

No para encontrar siempre una explicación más compleja.

Para encontrar una mejor.

Porque entre saber lo que hay que hacer y hacerlo en una situación concreta ocurre algo que a veces desaparece de nuestros análisis.

Ocurre el trabajo.

Hay días en los que el trabajo sale como estaba previsto. Y otros en los que no.

Te falta una información. Algo se complica. No llegas. Dudas. Necesitas una mano.

Y entonces descubres algo:

¿Qué hacen los demás cuando los necesito?

A veces alguien se acerca. Comparte lo que sabe. Se queda un momento. Te ayuda sin que tengas que justificar por qué lo necesitas.

Son gestos pequeños. Pero dicen mucho de una cultura.

Porque una cosa es trabajar junto a otras personas. Y otra distinta es sentir que no tenemos que afrontar solos todo lo que ocurre en el trabajo.

Ahí aparece la cuarta experiencia de la Seguridad Sentida:

¿Nos cuidamos?

Del «me protegen» al «nos cuidamos»

En los artículos anteriores hemos recorrido un camino.

Primero descubrimos que las personas necesitan poder creer en lo que ven. Después vimos que tener voz no consiste únicamente en poder hablar, sino en comprobar que hacerlo puede servir para algo. Y en la última entrega hablamos de protección: de la experiencia de percibir que la organización anticipa, proporciona recursos y responde cuando las circunstancias se complican.

Hasta ahora hemos mirado principalmente hacia la organización: qué hace, qué decide, qué permite, cómo escucha y cómo responde.

Y es lógico. La organización tiene una responsabilidad sobre la seguridad y la salud que no puede delegar.

Pero llega un momento en el que la pregunta cambia. Dejamos de preguntarnos únicamente:

¿Qué hace la organización por nosotros?

Y empezamos a preguntarnos:

¿Qué hacemos nosotros por los demás?

¿Cómo respondemos cuando alguien nos advierte? ¿Compartimos lo que sabemos? ¿Pedimos ayuda? ¿La ofrecemos? ¿Somos capaces de aceptar que otra persona pueda ver algo que nosotros no hemos visto?

Las relaciones también protegen

Durante años hemos dedicado enormes esfuerzos a diseñar sistemas de trabajo más seguros. Y hemos avanzado muchísimo. Hoy contamos con mejores procedimientos, tecnologías, equipos y herramientas para gestionar los riesgos.

Todo ello es necesario. Pero existe otra forma de protección mucho más difícil de encontrar en una auditoría:

La que nace de las relaciones.

Trabajamos con otras personas. Nos coordinamos, dependemos de información que otros poseen y tomamos decisiones que pueden afectarles. Necesitamos compartir lo que sabemos y, muchas veces, necesitamos también lo que saben los demás.

El cuidado mutuo en el trabajo no depende únicamente de grandes decisiones. A veces basta con que alguien aporte una mirada que nos faltaba, comparta una información a tiempo, pregunte antes de dar algo por supuesto, se acerque cuando algo no encaja o esté disponible cuando necesitamos ayuda.

En prevención, esto tiene una consecuencia muy concreta:

Las relaciones también pueden proteger.

No sustituyen a un buen diseño del trabajo. No compensan la falta de recursos. Y nunca deberían utilizarse para trasladar a las personas una responsabilidad que corresponde a la organización.

Pero pueden añadir algo especialmente valioso:

Personas pendientes de personas.

Lo que uno no ve, puede verlo otro

Ninguno de nosotros lo ve todo. Podemos estar concentrados en la tarea, normalizar una situación, no disponer de toda la información o simplemente no percibir algo que desde otra posición resulta evidente.

Ahí aparece el otro. Una mirada diferente, una pregunta, una advertencia:

—Espera. Eso no lo veo claro.

Ante una situación así podemos pensar: Ya lo habrá visto. Sabrá lo que hace. No quiero meterme. No es asunto mío.

O podemos acercarnos.

La diferencia no está únicamente en haber identificado un riesgo. Hay algo más: la idea de que lo que le ocurre a la otra persona también me concierne.

Por eso, desde la Seguridad Sentida, proponemos entender el cuidado de una forma muy concreta:

Cuidar es incorporar al otro a nuestras propias decisiones.

Es preguntarnos cómo puede afectarle lo que vamos a hacer, compartir una información que puede necesitar, advertir antes de que sea demasiado tarde, ofrecer ayuda o intervenir con respeto.

Eso es corresponsabilidad. Y corresponsabilidad no significa que todos seamos responsables de todo. Significa entender que trabajar de forma segura también implica tener en cuenta a los demás.

Cuidar también es intervenir

Pero acercarse es solo la mitad de la historia.

Porque después de decir:

—Espera. Eso no lo veo claro.

ocurre algo de lo que hablamos poco en prevención:

Esperar la respuesta.

Quien acaba de acercarse todavía no sabe qué va a escuchar.

—Ya sé lo que hago.
—Llevo veinte años haciendo esto.
—Ocúpate de lo tuyo.

O:

—Gracias. Vamos a mirarlo.

Son apenas unos segundos, pero pueden decidir si la próxima vez esa persona vuelve a acercarse.

Intervenir no siempre resulta cómodo, especialmente cuando la otra persona tiene más experiencia, ocupa otra posición o lleva años realizando esa tarea. Y recibir la intervención tampoco siempre lo es, porque aceptar que alguien nos advierta implica admitir que quizá no lo habíamos visto todo.

Si advertir tiene un coste social, aprenderemos a mirar hacia otro lado. Si pedir ayuda nos hace parecer menos competentes, intentaremos resolver solos aquello que quizá deberíamos resolver juntos. Si intervenir se interpreta sistemáticamente como una intromisión, acabaremos aprendiendo a callar.

Por eso quizá una de las expresiones más difíciles del cuidado no sea cuidar.

Sea dejarnos cuidar.

Cuidar no es vigilar

Podemos observar a otra persona para comprobar si cumple una norma. O podemos observarla porque nos importa lo que pueda ocurrirle.

Desde fuera, incluso podríamos escuchar exactamente la misma frase:

—Ponte las gafas.

Pero la experiencia puede ser completamente diferente. Una puede sentirse como control. La otra, como cuidado.

Porque cuidar no es fiscalizar, buscar el error del otro ni colocarse por encima.

Cuidar es poder acercarnos, preguntar, advertir y ayudar sin convertir cada dificultad en un juicio sobre la persona. Y también poder recibir esa ayuda sin vivirla necesariamente como una amenaza a nuestra competencia o autonomía.

Para eso necesitamos confianza, respeto y relaciones en las que intervenir por el otro sea una conducta legítima.

El cuidado mutuo en el trabajo también necesita condiciones

Pero sería un error terminar aquí. Porque el cuidado mutuo no puede sostenerse únicamente sobre la buena voluntad de las personas.

Sería injusto pedir «cuidaos entre vosotros» mientras la propia organización dificulta hacerlo.

No podemos hablar de cuidado si ayudar a un compañero significa incumplir nuestros propios objetivos, si detenerse para revisar algo se penaliza, si pedir ayuda se interpreta como falta de competencia, si la presión convierte cualquier conversación en una pérdida de tiempo o si cada área aprende a proteger exclusivamente su propio resultado.

La organización sigue teniendo una responsabilidad:

crear las condiciones para que cuidarnos sea posible.

Para ello hacen falta tiempo, recursos, coordinación, confianza, espacios para hablar y liderazgos que legitimen pedir ayuda, ofrecerla e intervenir.

No estamos hablando de sustituir la responsabilidad organizacional por la corresponsabilidad entre personas. Necesitamos ambas.

La seguridad puede organizarse desde arriba.
El cuidado se construye entre las personas.

Cuando cuidar deja de ser excepcional

Una persona puede ayudar a otra porque se llevan bien. Dos compañeros pueden advertirse porque existe confianza entre ellos.

Pero hablamos de cultura cuando ese comportamiento deja de depender de quién esté delante. Cuando ayudar es normal, decir «no lo sé» es posible, intervenir por otra persona es legítimo y agradecer que alguien nos advierta también es normal.

Entonces el cuidado deja de ser un gesto excepcional. Se convierte en una expectativa compartida sobre cómo nos relacionamos aquí. Empieza a formar parte de nuestra manera habitual de trabajar.

Y quizá sea precisamente ahí donde el cuidado empieza a convertirse en cultura:

cuando el bienestar del otro empieza a influir en nuestras propias decisiones.

Nadie debería tener que hacerlo solo

Una cultura de cuidado no significa que desaparezcan las dificultades. Los errores y la incertidumbre tampoco desaparecen.

Hay días en los que no sabemos, días en los que no llegamos y días en los que necesitamos a alguien.

La diferencia está en lo que encontramos entonces: una pregunta, una advertencia, una mano.

—Espera, voy contigo.

Hay experiencias de trabajo que dejan huella. Una de ellas es descubrir qué ocurre cuando necesitamos a los demás.

Y quizá sea en esos pequeños momentos donde vamos encontrando la respuesta a una pregunta mucho mayor:

¿Nos cuidamos?

Cuando puedo confiar en lo que veo, cuando mi voz cuenta, cuando siento que la organización me protege y cuando descubro que las personas con las que trabajo están dispuestas a cuidarme —y yo a ellas—, empieza a emerger algo diferente:

Aquí importo.

De eso hablaremos en la próxima reflexión sobre Seguridad Sentida.

En Osarten ayudamos a las organizaciones a construir culturas preventivas donde las personas no solo trabajan juntas, sino que encuentran las condiciones para cuidarse unas a otras.

Igor López
iglopez@osarten.com | 619 288 048

Patricia González
pgonzalez@osarten.com | 634 855 245

Hay equipos donde las personas pueden hablar. Y, aun así, han dejado de hacerlo.

No porque tengan miedo. Sino porque ya no creen que vaya a servir para algo.

En el articulo anterior hablábamos de la coherencia como base de la confianza. Pero cuando las personas empiezan a creer en lo que ven, aparece una nueva pregunta:

Si digo lo que veo, ¿servirá para algo?

Hace algún tiempo, trabajando con un equipo industrial, una persona utilizó una palabra que todavía sigo recordando.

No habló de participación. No habló de comunicación. No habló de liderazgo.

Habló de esperanza. Leer más

Hay imágenes que consiguen explicar una idea mejor que muchas palabras.

Dos manos se acercan. No llegan a tocarse. Entre ellas apenas queda un pequeño espacio. Es una distancia casi imperceptible. Pero basta para que todavía no exista contacto.

Creo que la cultura preventiva también se construye en un espacio parecido.

No entre dos personas. Sino entre lo que una organización dice y lo que finalmente hace.

Ese pequeño espacio puede parecer insignificante. Sin embargo, es ahí donde las personas deciden si pueden confiar.

Porque la confianza no nace de lo que una organización dice.

Nace de lo que las personas experimentan repetidamente.

La confianza es la consecuencia. La credibilidad es el camino.

La credibilidad se construye cuando las personas perciben congruencia, coherencia y consistencia.

En el artículo anterior proponía una idea que ha ido tomando forma a lo largo de muchos años de trabajo con organizaciones.

Las personas no trabajamos únicamente dentro de la organización que existe. Trabajamos dentro de la organización que percibimos. Y esa percepción influye en cómo decidimos actuar cada día.

Participar o permanecer en silencio. Advertir de un riesgo o pensar que no merece la pena hacerlo. Confiar o desconfiar. Implicarnos o limitarnos a cumplir.

Pero si nuestras decisiones dependen de la realidad que percibimos, surge una pregunta inevitable.

¿Qué hace que una percepción se vuelva creíble?

Sabemos que las personas no decidimos únicamente desde los hechos. Decidimos también desde el significado que damos a lo que vivimos.

Por eso, cuando una percepción se vuelve creíble, también se vuelve capaz de orientar nuestro comportamiento.

La respuesta, al menos desde mi experiencia, tiene mucho que ver con la confianza. Y la confianza rara vez aparece por casualidad.

Las organizaciones pueden disponer de excelentes procedimientos. Pueden invertir en campañas. Pueden diseñar magníficos planes estratégicos. Pueden comunicar muy bien sus valores.

Pero las personas siempre terminamos haciéndonos la misma pregunta.

¿Puedo creer en lo que veo?

No respondemos a esa pregunta escuchando discursos. Respondemos observando.

Observamos qué ocurre cuando alguien detiene una tarea por seguridad.

Observamos cómo se gestiona un error.

Observamos qué sucede cuando un mando reconoce una equivocación.

Observamos qué prioridades sobreviven cuando aparecen las prisas.

Observamos si las reglas son iguales para todos.

Observamos quién recibe reconocimiento y por qué.

Y, sin darnos cuenta, vamos construyendo una representación de la organización.

No sobre lo que dice ser. Sino sobre lo que realmente creemos que es.

Las personas somos extraordinariamente sensibles a las incoherencias.

Detectamos enseguida cuándo una decisión contradice un valor.

Cuándo un comportamiento desmiente un discurso.

Cuándo una prioridad desaparece precisamente cuando más necesaria resulta.

No hace falta que exista mala intención. Basta con que exista distancia entre las palabras y los hechos.

Las organizaciones no generan confianza con sus discursos. La generan reduciendo, día tras día, la distancia entre lo que dicen y lo que las personas viven.

Cuando intentaba comprender por qué unas organizaciones despertaban confianza y otras no, terminé descubriendo algo que se repetía una y otra vez. Las personas no hablaban de grandes estrategias.

Hablaban de tres experiencias cotidianas.

Congruencia, coherencia y consistencia

 

La congruencia habla de las personas. De la autenticidad con la que actuamos.

Percibimos cuándo quien habla cree realmente en lo que dice. Y cuándo las decisiones nacen de una convicción y no únicamente de una obligación.

La congruencia genera autenticidad.

La coherencia habla de la organización. De la correspondencia entre los valores que declara y las decisiones que toma.

Cuando aquello que se comunica termina reflejándose en los comportamientos cotidianos, los valores dejan de ser palabras para convertirse en experiencia.

La coherencia convierte los valores en experiencia. Y cuando los valores se convierten en experiencia, aparece la credibilidad.

La consistencia habla del tiempo. Porque una sola decisión acertada no construye confianza. La confianza aparece cuando esa congruencia y esa coherencia permanecen estables.

Cuando se mantienen incluso en los momentos difíciles. Cuando las circunstancias cambian. Cuando existe presión. Cuando hacer lo correcto cuesta más.

La consistencia genera previsibilidad.

Las personas necesitamos poder anticipar razonablemente cómo reaccionará una organización.

No buscamos organizaciones perfectas. Buscamos organizaciones previsibles.

Organizaciones donde las decisiones no dependan del día, de la persona o de la presión del momento. Porque cuando sabemos qué podemos esperar, disminuye la incertidumbre. Y cuando disminuye la incertidumbre, aumenta la confianza.

Desde la perspectiva de la Seguridad Sentida, la confianza no es solo el resultado de una cultura preventiva madura. Con frecuencia, es una de las condiciones que permiten construirla.

Por eso quizá una de las preguntas más útiles que puede hacerse una organización no sea cuánto comunica sobre seguridad. Ni siquiera cuánto invierte en prevención. Quizá la pregunta sea mucho más sencilla.

¿Qué distancia existe entre lo que decimos y lo que las personas viven?

Porque la cultura preventiva se construye precisamente en ese espacio invisible.

En ese pequeño espacio donde cada conversación, cada decisión y cada comportamiento acercan o alejan las palabras de los hechos.

Es ahí donde nace la credibilidad.

Es ahí donde comienza la confianza.

Y es ahí donde las personas dejan de preguntarse si pueden creer en lo que ven.

Simplemente empiezan a actuar en consecuencia.

Porque la prevención deja entonces de ser un mensaje para convertirse en una experiencia.

 

En el próximo artículo seguiremos explorando cómo las personas construyen esa experiencia cotidiana.

Porque, una vez que creemos en lo que vemos, aparece una nueva pregunta.

¿Mi voz cuenta?

 

En Osarten ayudamos a las organizaciones a construir culturas donde las personas sienten que merece la pena cuidarse, cuidar y contribuir.

Si te interesa profundizar en este enfoque o conocer cómo trabajamos, estaremos encantados de conversar contigo.

Igor López
iglopez@osarten.com | 619 288 048

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