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Seguridad Sentida (3): ¿Mi voz cuenta? Cuando participar necesita esperanza

Hay equipos donde las personas pueden hablar. Y, aun así, han dejado de hacerlo.

No porque tengan miedo. Sino porque ya no creen que vaya a servir para algo.

En el articulo anterior hablábamos de la coherencia como base de la confianza. Pero cuando las personas empiezan a creer en lo que ven, aparece una nueva pregunta:

Si digo lo que veo, ¿servirá para algo?

Hace algún tiempo, trabajando con un equipo industrial, una persona utilizó una palabra que todavía sigo recordando.

No habló de participación. No habló de comunicación. No habló de liderazgo.

Habló de esperanza.

Estábamos reflexionando sobre cómo había evolucionado el equipo durante los últimos años. Sobre las conversaciones que antes ocurrían y las que habían dejado de ocurrir. Sobre las propuestas que antes aparecían y las que ya nadie formulaba.

Y en un momento dado dijo algo muy sencillo:

“Lo que necesitamos recuperar es la esperanza.”

Recuerdo que aquella frase me sorprendió.

Porque no hablaba de optimismo. No hablaba de motivación. Ni siquiera hablaba de confianza.

Hablaba de algo mucho más concreto:

de volver a creer que merece la pena decir las cosas.

Aquella conversación me acompañó durante mucho tiempo. Porque describía algo que llevo observando desde hace años en muchas organizaciones.

Durante años nos preocupó que las personas no hablaran. Que no comunicaran riesgos. Que no reconocieran errores. Que no expresaran dudas. Que no participaran.

Y era una preocupación legítima.

Porque cuando las personas callan, las organizaciones pierden información valiosa. Información que suele encontrarse precisamente donde más se necesita: en primera línea, allí donde el trabajo ocurre de verdad.

Afortunadamente, hemos avanzado mucho en la comprensión de este fenómeno.

Conceptos como la seguridad psicológica nos han ayudado a entender mejor por qué algunas personas se atreven a hablar y otras no.

Gracias a las investigaciones de Amy Edmondson y de otros autores, sabemos que los equipos funcionan mejor cuando las personas pueden plantear dudas, reconocer errores, compartir preocupaciones o alertar de riesgos sin miedo a ser castigadas, ridiculizadas o expuestas.

Y eso ha supuesto un avance enorme.

Pero a veces me pregunto si en cultura preventiva necesitamos abrir una conversación más.

Porque la posibilidad de hablar no garantiza que las personas decidan hacerlo.

He conocido equipos donde las personas podían hablar y, aun así, no intervenían.

No porque tuvieran miedo.

Sino porque habían dejado de creer que serviría para algo.

Existe una diferencia profunda entre poder hablar y sentir que merece la pena hacerlo.

La primera experiencia tiene que ver con la ausencia de miedo.

La segunda, con la expectativa de que aquello que decimos puede generar comprensión, aprendizaje o mejora.

Las personas observan continuamente qué sucede cuando alguien plantea una preocupación, propone una mejora, señala una incoherencia o reconoce un error.

Observan si alguien pregunta. Si escucha de verdad. Si responde. Si explica por qué se toma una decisión.

Y si, cuando es necesario y posible, algo cambia.

No todas las propuestas pueden aceptarse. No todos los problemas pueden resolverse inmediatamente. Pero toda voz necesita encontrar una respuesta suficientemente clara y honesta.

Porque esas experiencias van construyendo una respuesta silenciosa a una pregunta fundamental:

¿Mi voz cuenta?

Cuando la respuesta percibida es sí, la participación crece.

 

Las personas aportan ideas. Comparten información. Alertan de riesgos. Reconocen dudas. Piden ayuda. Cuestionan decisiones. Aprenden juntas.

Pero cuando la respuesta percibida es no, ocurre algo diferente.

La voz no desaparece de golpe. Se va apagando poco a poco.

Primero dejamos de proponer.

Después dejamos de insistir.

Más tarde dejamos de señalar determinados problemas.

Y,  finalmente nos limitamos a cumplir.

No siempre porque no nos importe.

Muchas veces porque hemos perdido la esperanza de que nuestra voz tenga algún impacto.

La ausencia de participación no siempre nace del miedo. A veces nace de la pérdida de esperanza.

Desde la perspectiva de la Seguridad Sentida, la pregunta no es únicamente si las personas pueden hablar.

La pregunta es qué experiencia construye la organización cuando lo  hacen.

La seguridad psicológica nos ayuda a comprender si las personas sienten que pueden hablar sin asumir un riesgo interpersonal. La Seguridad Sentida pone el foco en la experiencia que se construye cuando lo hacen: si perciben que su voz es escuchada, obtiene respuesta y puede contribuir a mejorar las cosas.

No son perspectivas opuestas. Son miradas que se necesitan.

La seguridad psicológica ayuda a que la voz aparezca.

La experiencia repetida de ser escuchadas, recibir una respuesta y comprobar que su aportación puede influir ayuda a mantener viva la voz.

Porque las organizaciones necesitan personas que puedan hablar.

Pero también necesitan personas que sigan queriendo hacerlo.

Las culturas preventivas no se transforman únicamente cuando desaparece el miedo.

También se transforman cuando las personas conservan la esperanza de que su voz puede contribuir a mejorar las cosas.

Y quizá, en el fondo, participar consista precisamente en eso.

En seguir creyendo que merece la pena hablar.

 

En el próximo artículo continuaremos explorando otra pregunta fundamental de la Seguridad Sentida:

¿Siento que me protegen?

En Osarten ayudamos a las organizaciones a construir culturas preventivas donde las personas sienten que merece la pena cuidarse, cuidar y contribuir.

Si te interesa profundizar en este enfoque o conocer cómo trabajamos, estaremos encantados de conversar contigo.

Igor López
iglopez@osarten.com | 619 288 048

Patricia González
pgonzalez@osarten.com | 634 855 245

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