Me llama la atención, cada vez más, que tras las causas de comportamientos que afectan —o pueden afectar— a la seguridad, la salud y el bienestar de las personas, la prisa aparece de forma recurrente, y desaparece de la misma forma. Está en decisiones apresuradas, comprobaciones no realizadas, en hacer la tarea más rápido de lo que permite tenerla bajo control, etc.
Sin embargo, rara vez se aborda como un factor sobre el que haya que actuar de forma específica. Ni se evalúa, ni se interviene, ni se gestiona. Nada.
¿Porqué? Porque forma parte del contexto, que se da por sentado, normalizado, inamovible.
La prisa es en mi opinión un estado psicológico en el que estamos, cuando pensamos que el tiempo con el que contamos para conseguir un objetivo no es el suficiente, y eso provoca aumentar la velocidad de pensamiento y de acción, como medio para conseguirlo. Lo que implica una sensación de presión y la disminución de la visión más global, para pasar a una atención muy concentrada, dado que la seguridad y el control de lo que se está haciendo disminuye. Si esto se mantiene en el tiempo tiene consecuencias para la salud, además de aumentar la posibilidad de errores.
Sin embargo es lo habitual en nuestros días. ¿Cómo afecta a las personas y a las organizaciones? ¿Y a la cultura preventiva?






