Seguridad Sentida (4): ¿Me siento protegido? La protección también es una experiencia psicológica del trabajo

La protección empieza mucho antes de que ocurra un accidente.

Empieza cuando las personas perciben que, si algo sale mal, no tendrán que enfrentarse solas a las consecuencias.

Hay organizaciones donde esa sensación está presente cada día. Y otras donde, aun cumpliendo con todos los requisitos técnicos, las personas sienten que, cuando llegue el momento difícil, tendrán que arreglárselas prácticamente solas.

La diferencia no siempre está en el riesgo.

Muchas veces está en la experiencia.

En los artículos anteriores hablábamos de la Seguridad Sentida, de cómo las personas necesitan creer en lo que ven y sentir que merece la pena alzar la voz.

Pero existe otra pregunta igual de decisiva.

¿Me siento protegido?

Durante años hemos entendido la protección como una cuestión principalmente técnica.

Evaluamos riesgos.

Diseñamos procedimientos.

Entregamos equipos de protección.

Investigamos accidentes.

Implantamos medidas correctoras.

Todo ello es imprescindible. Pero quizá necesitemos hacernos una pregunta diferente.

¿Las personas perciben que la organización está de su lado cuando realmente lo necesitan?

Puede parecer la misma pregunta. No lo es.

Porque estar protegido y sentirse protegido no siempre coinciden.

Dos organizaciones pueden disponer de procedimientos similares, invertir cantidades parecidas en prevención y cumplir las mismas obligaciones legales.

Sin embargo, en una las personas sienten que trabajan respaldadas. En la otra, perciben que, cuando aparezca un problema, tendrán que resolverlo prácticamente solas.

Porque las personas no viven la prevención como un conjunto de procedimientos.

La viven a través de lo que ocurre cada día.

Y esas experiencias acaban respondiendo, casi sin darnos cuenta, a una pregunta muy sencilla:

Cuando realmente lo necesite… ¿la organización estará ahí?

Hace algún tiempo, durante una sesión con un grupo de mandos, hablábamos de una incidencia que había obligado a detener una línea de producción.

La decisión había generado retrasos, llamadas incómodas y presión por recuperar el tiempo perdido.

Al terminar la conversación, uno de los responsables dijo algo que todavía recuerdo:

«Ese día la gente entendió que hablábamos en serio cuando decíamos que queríamos producir con seguridad.» 

Pero aquel día nadie hablaba del procedimiento. Hablaban de la decisión.

Porque hay decisiones que convierten una norma en una experiencia.

Y comprendí que la protección no se construye únicamente con procedimientos.

Se construye con aquello que las personas interpretan cada día sobre cuáles son las verdaderas prioridades de la organización.

Porque las personas observan continuamente pequeñas señales.

Observan si existen recursos suficientes para trabajar con seguridad.

Si los plazos permiten hacer bien el trabajo sin recurrir continuamente a atajos.

Si los equipos llegan cuando hacen falta.

Si pedir ayuda se interpreta como una debilidad o como una práctica normal.

Si quien comunica un problema recibe apoyo o termina sintiéndose señalado.

Si un mando mantiene una decisión preventiva aunque genere incomodidad.

O si, precisamente en los momentos difíciles, la organización demuestra que las personas siguen siendo lo primero.

Cada una de esas situaciones puede  parecer pequeña.

Pero todas dejan huella.

Porque las personas no construyen su sensación de protección a partir de los grandes discursos.

La construyen a partir de cientos de experiencias aparentemente normales que, acumuladas en el tiempo, terminan respondiendo a una pregunta esencial:

¿Puedo confiar en que no me dejarán solo cuando más lo necesite?

La protección no se percibe porque exista un procedimiento. Se percibe cuando las decisiones cotidianas convierten ese procedimiento en una experiencia de respaldo.

Las personas no solo perciben cuánto las protege la organización.

También perciben cuánto tendrán que protegerse de aquello que la organización no ha previsto.

Y esa diferencia cambia profundamente la forma de trabajar.

Cuando una persona siente que trabaja respaldada, dedica su energía a hacer bien su trabajo.

Puede concentrarse.

Puede anticipar.

Puede pedir ayuda.

Puede detener una tarea si algo no va bien.

Puede pensar antes de actuar.

Sin embargo, cuando percibe que tendrá que resolver sola aquello que el sistema no ha previsto, su forma de trabajar cambia.

Improvisa.

Toma atajos para poder llegar.

Asume cargas que no le corresponden.

Resuelve por su cuenta problemas que debería resolver  el sistema.

Decide qué merece la pena decir y qué es mejor callar.

Por eso, desde la perspectiva de la Seguridad Sentida, no basta con preguntarnos qué protección existe. También necesitamos comprender cómo se experimenta.

Porque, cuando la organización no llega, las personas compensan.

Compensan con sobreesfuerzo.

Compensan con silencio.

Compensan con desgaste.

Compensan renunciando a pedir ayuda.

Compensan asumiendo riesgos que nunca deberían haber recaído sobre ellas.

Y, muchas veces, terminan compensando con su propio cuerpo.

Aquí aparece una idea que resume esta dimensión de la Seguridad Sentida:

No hay protección sentida cuando la persona tiene que compensar con cuerpo, silencio o sobreesfuerzo lo que la organización no ha previsto.

Por eso, generar una verdadera sensación de protección no depende únicamente de disponer de procedimientos.

Depende también de que las personas perciban, una y otra vez, que alguien ha pensado antes en ellas.

Que los recursos están disponibles.

Que los tiempos son razonables.

Que detener un trabajo inseguro será respaldado.

Que un error servirá para aprender antes que para buscar culpables.

Que pedir ayuda nunca será interpretado como una muestra de debilidad.

En definitiva, organizaciones donde las personas sienten que no necesitan defenderse continuamente del propio sistema para poder trabajar.

La protección no es solo una condición del trabajo. También es una experiencia psicológica del trabajo.

Una experiencia que se construye cuando las personas perciben que no están solas.

Que, si algo falla, alguien responderá.

Que las decisiones difíciles también protegerán a las personas.

Que la organización no solo les pide cuidarse.

También cuida de ellas.

La prevención suele medir cuántos riesgos elimina, y debe seguir haciéndolo.

Pero quizá también debamos preguntarnos cuántas personas sienten que trabajan protegidas.

Porque sentirse protegido no significa creer que nunca ocurrirá nada.

Significa saber que, si ocurre, la organización responderá contigo y no simplemente después de ti.

Y quizá ahí empiece una de las formas más profundas de prevención: no cuando desaparece todo el riesgo, sino cuando desaparece la sensación de tener que afrontarlo en soledad.

 

En el próximo artículo seguiremos explorando otra pregunta fundamental de la Seguridad Sentida:

¿Nos cuidamos?

Porque sentirse protegido es esencial.

Pero la cultura preventiva alcanza su verdadera madurez cuando las personas no solo esperan ser cuidadas por la organización, sino que también empiezan a cuidarse unas a otras.


 

En Osarten ayudamos a las organizaciones a construir culturas preventivas donde la protección no solo existe, sino que también se percibe.

Si te interesa profundizar en este enfoque o conocer cómo trabajamos, estaremos encantados de conversar contigo.

Igor López
iglopez@osarten.com | 619 288 048

Patricia González
pgonzalez@osarten.com | 634 855 245

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *