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Cuando la organización refuerza el “personaje”: cultura, liderazgo y desgaste

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Este post forma parte de la serie “Menos personaje, más persona”

A lo largo de los posts anteriores he hablado del “personaje” como una estructura mental que cada persona va construyendo para adaptarse, encajar y responder a lo que el entorno espera. Hemos visto cómo el rol en él trabajo, también puede estar construido desde el “personaje” y puede haber una identificación con él. Y cómo, cuando esa identificación se sostiene en el tiempo, el cuerpo acaba enviando señales en forma de cansancio, vacío o desconexión.

Pero hay algo que conviene mirar con más amplitud: el personaje no se mantiene solo. El contexto organizacional también lo moldea, lo refuerza y, muchas veces sin pretenderlo, lo necesita.

Lo que la cultura valida… se convierte en norma

En toda organización existe una cultura, explícita o implícita. Esta cultura transmite rápidamente qué significa ser un “buen profesional”. Y no siempre se dice, pero se percibe. ¿Cómo?

En quién es reconocido. Quién progresa. Quién recibe confianza. Quién en definitiva “encaja”.

Casi sin darnos cuenta, empezamos a entender qué partes de nosotros conviene mostrar… y cuáles es mejor guardar.

He visto organizaciones donde la disponibilidad permanente se interpreta como compromiso. La rapidez pesa más que la reflexión. Donde sostener la presión se convierte en un signo de fortaleza. No suele haber una mala intención, y menos consciente en ello. Muchas veces es pura inercia cultural.

Pero ese modelo va dibujando un perfil silencioso: el profesional que puede con todo, que no duda demasiado, que no se rompe, que sigue adelante. El perfil de un tipo de “personaje”. El eficaz.

Algo que no suele ser sostenible, como hemos visto en los anteriores posts.

Aprender a encajar

Cuando alguien llega nuevo/a, a una organización, lo habitual es que observe a los que ya forman parte de ella antes de actuar. Escucha y ve cómo se habla en las reuniones, como se gestionan, como se lideran, qué se valora, qué se evita, qué consecuencias tiene equivocarse.

Y desde esa observación empieza un ajuste casi imperceptible. Nuevamente la persona tiene que tratar de adaptar su propio “personaje” a lo que se pide en la organización, si quiere encajar.

Tal vez modera sus dudas, evita mostrar cansancio, deja de poner ciertos límites. Y no porque alguien se lo haya pedido expresamente, sino porque intuye que es lo esperado. Así, poco a poco, el “personaje” encuentra terreno fértil.

Liderazgos que, sin saberlo, lo refuerzan

El liderazgo tiene un papel decisivo en este proceso. Un/a líder que nunca muestra incertidumbre puede estar transmitiendo que dudar no es aceptable. Uno/a que responde a cualquier hora quizá no esté exigiendo disponibilidad, pero la está normalizando. Uno/a que siempre sostiene la carga puede terminar generando equipos que sienten que también deben hacerlo.

No suele ocurrir desde la exigencia explícita, sino desde el ejemplo. Inconsciente. Y el ejemplo, en cultura organizacional, tiene una fuerza enorme.

He conocido empresas, con líderes profundamente comprometidos con el bienestar de sus equipos que, sin embargo, no se permitían a sí mismos parar. Y desde esa incoherencia involuntaria, el mensaje que llegaba era otro: aquí se cuida… pero se aguanta. Una paradoja difícil de sostener.

Cuando el personaje se vuelve colectivo

Hay algo especialmente delicado que ocurre en algunas culturas organizacionales: el “personaje” deja de ser individual y pasa a ser colectivo.

Equipos donde nadie dice que está desbordado. Entornos donde el cansancio se ironiza. Espacios donde pedir ayuda se vive como debilidad. Nadie lo ordena, ya que es el propio grupo el que lo regula.

Y lo más llamativo es que muchas veces estas dinámicas conviven con discursos formales sobre cuidado, salud o bienestar. Una incoherencia que se observa en muchas organizaciones.

Una experiencia que me hizo ver con claridad

Conocí una organización en la que se hablaba con frecuencia de seguridad, salud y bienestar. De cuidarse. El discurso parecía sólido, coherente, incluso inspirador. Sin embargo, al observar con más calma, algo no terminaba de encajar.

En esta observación, puede detectar que el reconocimiento informal recaía casi siempre en quienes más se sobrecargaban. En quienes estaban siempre disponibles. En quienes sostenían más de lo razonable sin quejarse.

Que no era buscado: entiendo que sí.  Pero ocurría.

Una vez más la evidencia se impone: la cultura real no se construye con las intenciones, sino con los refuerzos cotidianos.

Prevención también es mirar la cultura

Cuando hablamos de riesgos psicosociales, hay una dimensión profunda que a veces pasa desapercibida: la expectativa cultural de cómo debe ser una persona profesional para la organización.

Si esa expectativa se apoya en la autoexigencia permanente, en la fortaleza incuestionable o en la disponibilidad sin límites, el desgaste no es una posibilidad. Es una consecuencia previsible.

Por eso prevenir no es solo intervenir sobre el individuo. Es revisar el contexto que hace necesario ese “personaje”, que parece que se busca y se necesita.

Abrir espacio a la persona

Las organizaciones saludables no son aquellas donde no hay exigencia, sino aquellas donde la exigencia es compatible con la humanidad.

Donde por ejemplo se puede decir “no llego”. Se puede dudar si ser desacreditado/a. Donde poner límites no penaliza, y donde el valor profesional no depende de cuánto se aguanta.

Cuando la persona tiene espacio para aparecer, en lugar de su “personaje”, algo se relaja, se tranquiliza. La energía se vuelve más sostenible. El entorno es más confiable. El compromiso deja de estar sostenido por la tensión.

Entonces el trabajo puede volver a ser un lugar de desarrollo, no solo de resistencia.

Para cerrar

Las organizaciones no generan “personajes” individuales por sí mismas. Pero sí pueden convertirse en el escenario perfecto para que se consoliden. Entender esto es ampliar la conciencia.

Porque el bienestar no se decreta. Se construye en lo cotidiano, en lo que se valida, en lo que se permite… y también en lo que se deja de reforzar.

En tu organización,
¿Qué forma de estar se reconoce como profesional…
y cuánto espacio real existe para que la persona no tenga que esconderse detrás del “personaje”?

En Osarten podemos acompañarte en el proceso de desarrollar la cultura del bienestar que apoye a que las personas puedan ser auténticas.. Si quieres más información no dudes en  contactar con mi compañero Igor López (619288048; iglopez@osarten.com) o conmigo mismo  Martín Silva (674966441; msilva@osarten.com).

Imagen de portada diseñada por Freepik (www.freepik.es)

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