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Mirar adelante. Arizmendiarrieta, trabajo y cultura preventiva 50 años después (2): Participación en seguridad y salud, la seguridad no se delega

Osarten Cultura Preventiva

En muchas organizaciones escuchamos una frase que aparentemente admite poca discusión: “La seguridad es responsabilidad de todos”.

La hemos visto en carteles, campañas, presentaciones, procedimientos y reuniones. Estoy de acuerdo.

Pero tengo la sensación de que, a veces, detrás de esa frase escondemos una contradicción o varias:

  • Decimos que la seguridad es responsabilidad de todos, pero cuando aparece un problema de seguridad llamamos a Prevención.
  • Decimos que necesitamos participación, pero muchas de las decisiones que afectan al trabajo ya están tomadas cuando preguntamos a las personas.
  • Decimos que cada uno debe cuidar de sí mismo y de los demás, pero no siempre damos a las personas la capacidad, la información o el margen de decisión necesarios para hacerlo.

Por eso quizá la pregunta no sea si la seguridad es responsabilidad de todos. La pregunta que deberíamos hacernos es:

¿Hemos construido organizaciones en las que realmente todos pueden asumir esa responsabilidad?

En el primer artículo de esta serie hablábamos de qué significa poner a las personas en el centro.

En este segundo quiero dar un paso más. Porque poner a las personas en el centro sin darles capacidad para participar corre el riesgo de convertirlas simplemente en destinatarias de nuestras decisiones.

Y el pensamiento de José María Arizmendiarrieta apuntaba en una dirección bastante diferente.

De estar en la empresa a participar en ella

Hay una máxima de Arizmendiarrieta que resume muy bien esta idea:

“El signo de la madurez es la participación e integración en el quehacer colectivo”.

José María Arizmendiarrieta – Pensamiento nº 289.

No habla únicamente de pertenecer a un colectivo. Habla de participar e integrarse en su quehacer. La diferencia no es menor.

  • Podemos pertenecer a una organización y limitarnos a ejecutar aquello que otros han decidido.
  • Podemos recibir información.
  • Podemos cumplir instrucciones.
  • Podemos asistir a reuniones.
  • Podemos incluso responder encuestas.

Y, sin embargo, tener muy poca capacidad real para influir sobre nuestro trabajo.

La Experiencia Cooperativa incorpora entre sus principios precisamente la Participación en la Gestión, entendida como la implicación responsable de las personas en la gestión empresarial. También mantiene entre sus valores la corresponsabilidad y define a las personas como propietarias y protagonistas.

Me interesa especialmente una palabra: protagonistas.

Porque también en seguridad y salud hablamos mucho de participación. Pero… ¿son las personas realmente protagonistas de la prevención?

Participar no es solamente ser preguntado

La participación en prevención tampoco es una idea nueva.

La Ley de Prevención de Riesgos Laborales reconoce expresamente el derecho de las personas trabajadoras a ser informadas, consultadas y a participar en las cuestiones que afectan a su seguridad y salud. Además, establece la consulta previa ante decisiones sobre organización del trabajo, nuevas tecnologías, actividades preventivas, formación u otras actuaciones con efectos relevantes sobre la SST.

Por tanto, podemos disponer de todos los mecanismos formales de participación que exige la legislación.

  • Delegados de prevención.
  • Comités de Seguridad y Salud.
  • Reuniones.
  • Consultas.
  • Evaluaciones.
  • Canales de propuestas.

Y, sin embargo, la pregunta cultural sigue siendo válida: ¿Cuánto pueden influir realmente las personas sobre la forma en la que se realiza su trabajo?

Porque informar no es lo mismo que consultar. Consultar no es necesariamente participar. Y participar no significa necesariamente tener capacidad para influir.

Imaginemos que vamos a implantar una nueva máquina. Podemos informar de sus riesgos cuando ya está instalada. Podemos formar a quienes van a utilizarla. Podemos preguntar después si encuentran alguna dificultad. Todo ello será necesario.

Pero probablemente hubiéramos obtenido un resultado diferente si quienes conocen el proceso hubiesen participado antes de comprarla, instalarla y definir cómo se va a trabajar con ella.

Lo mismo ocurre cuando modificamos un turno. Cuando cambiamos un producto. Cuando reorganizamos una línea. Cuando implantamos un software. Cuando definimos un mantenimiento. Cuando modificamos una carga de trabajo. Cuando introducimos un nuevo procedimiento.

La participación preventiva tiene mucho más valor antes de la decisión que después de ella.

Las personas conocen cosas que la organización necesita saber

Hay otra razón por la que necesitamos participación.

Quienes realizan el trabajo disponen de un conocimiento que difícilmente puede sustituirse desde un despacho.

Pensemos en cualquier puesto de nuestra organización. Existe un trabajo definido. Un procedimiento. Una instrucción. Una evaluación de riesgos. Una planificación. Pero también existe el trabajo real.

Y entre ambos normalmente hay diferencias. La persona que realiza una tarea sabe qué ocurre cuando una pieza no entra correctamente. Sabe qué herramienta resulta incómoda. Sabe qué ocurre cuando la línea acelera. Sabe cuándo el procedimiento resulta difícil de aplicar. Sabe qué pasa cuando falta una persona. Sabe qué avería se repite. Sabe dónde hay que improvisar. Sabe qué tarea provoca fatiga. Sabe cuándo hay que elegir entre cumplir el estándar y conseguir sacar el trabajo adelante.

A veces esas adaptaciones hacen que el trabajo funcione. Otras veces aumentan el riesgo. Y muchas veces hacen ambas cosas simultáneamente.

Si queremos comprender cómo se trabaja realmente, tenemos dos alternativas.

  • Podemos imaginarlo.
  • O podemos preguntar y escuchar a quienes hacen el trabajo.

Parece evidente. Pero no siempre lo hacemos.

Una evaluación de riesgos no puede saberlo todo

En prevención tenemos buenas herramientas: Evaluaciones de riesgos. Observaciones. Inspecciones. Investigaciones de accidentes. Procedimientos. Auditorías. Indicadores.

Todas ellas son necesarias. Pero ninguna herramienta puede reemplazar completamente el conocimiento de las personas que realizan el trabajo.

Por eso una buena cultura preventiva no debería limitarse a conseguir trabajadores que cumplan las medidas establecidas.

Necesitamos personas que también sean capaces de:

  • detectar situaciones no previstas;
  • plantear dudas;
  • advertir de cambios;
  • comunicar desviaciones;
  • proponer mejoras;
  • cuestionar una decisión cuando consideran que genera riesgo;
  • detener una actividad cuando sea necesario;
  • ayudar a otros a trabajar de manera segura;
  • compartir aquello que han aprendido.

Esto exige algo más que conocimiento técnico. Exige capacidad para actuar. Y también exige que la organización quiera escuchar.

La seguridad no se puede externalizar

Existe otra paradoja frecuente.

Cuanto más profesionalizamos la prevención, mayor es el riesgo de que algunas personas entiendan que prevenir corresponde a los profesionales de la prevención.

Tenemos técnicos muy preparados. Servicios de prevención. Especialistas. Procedimientos. Sistemas de gestión. Y eso es una magnífica noticia.

El problema aparece cuando la existencia de especialistas genera una división implícita del trabajo:

  • Producción produce.
  • Compras compra.
  • Mantenimiento mantiene.
  • Ingeniería diseña.
  • Personas gestiona personas.
  • Y Prevención previene.

Pero sabemos que no funciona así. Un técnico de prevención puede evaluar un riesgo. Puede asesorar. Puede proponer medidas. Puede formar. Puede analizar un accidente. Puede facilitar herramientas.

Pero no puede estar presente en todas las decisiones que generan condiciones de trabajo. Por eso la seguridad no se delega.

Prevención puede ayudar a prevenir, pero no puede prevenir en lugar de la organización.

Responsabilidad no significa culpabilidad

Aquí aparece una cuestión especialmente delicada.

Cuando hablamos de corresponsabilidad en seguridad es fácil interpretar que estamos repartiendo la culpa. No me refiero a eso.

Responsabilizar a las personas de aquello sobre lo que no tienen capacidad de influencia sería profundamente injusto.

Decirle a una persona: “La seguridad depende de ti” mientras trabaja con equipos deficientes, plazos imposibles, recursos insuficientes o decisiones sobre las que no puede influir no es participación. Es transferencia de responsabilidad.

La corresponsabilidad exige dos cosas: responsabilidad y capacidad.

  • No podemos pedir a alguien que tome buenas decisiones si después penalizamos sistemáticamente esas decisiones cuando afectan a producción.
  • No podemos pedir que se comuniquen problemas si cada vez que alguien los comunica generamos una investigación dirigida a buscar quién lo hizo mal.
  • No podemos pedir propuestas si nunca explicamos qué hacemos con ellas.
  • No podemos pedir que alguien detenga un trabajo inseguro si culturalmente sabemos que hacerlo tendrá consecuencias.

Participar significa también poder ejercer influencia sin temor a que esa participación se vuelva contra nosotros.

Arizmendiarrieta formuló una advertencia interesante:

“La confianza ciega es un regalo envenenado”.

José María Arizmendiarrieta – Pensamiento nº 475.

La confianza necesaria para una cultura preventiva no debería ser ciega. No consiste en asumir que todo está bien.

Consiste precisamente en crear relaciones en las que podamos preguntar, discrepar, comprobar, reconocer errores y plantear problemas.

De “cumple” a “piensa”

Durante décadas gran parte de nuestro esfuerzo preventivo ha buscado conseguir que las personas cumplan:

  • Cumple el procedimiento.
  • Utiliza el equipo.
  • Sigue las instrucciones.
  • Respeta la señal.
  • Hazlo como te hemos explicado.
  • Todo ello sigue siendo necesario.

Pero los entornos de trabajo son demasiado complejos para imaginar que podemos prever mediante procedimientos todas las situaciones que aparecerán. Y ahí cambia la pregunta.

Ya no basta con: ¿Sabe esta persona lo que tiene que hacer?

También necesitamos preguntarnos:

  • ¿Sabe reconocer cuándo la situación ya no es la prevista?
  • ¿Tiene capacidad para decidir qué hacer?
  • ¿Puede pedir ayuda?
  • ¿Puede decir que no?
  • ¿Puede proponer otra forma de hacerlo?
  • ¿Sabrá la organización escucharla?

El pensamiento de Arizmendiarrieta vincula participación precisamente con iniciativa, responsabilidad y capacidad creativa de las personas. No plantea a la persona trabajadora simplemente como ejecutora, sino como sujeto activo de la empresa.

Esa idea me parece extraordinariamente actual para la prevención.

¿Y los mandos?

Probablemente en ningún lugar se hace más visible esta cuestión que en la línea de mando.

Un mando o una persona responsable tiene que conseguir que el trabajo salga, organizar recursos, resolver problemas, cumplir objetivos, atender al cliente, gestionar personas, responder ante imprevistos.

Y simultáneamente debe conseguir que todo ello ocurra en condiciones seguras y saludables.

No son dos trabajos. Es uno.

Por eso integrar seguridad y salud en la línea de mando no consiste en añadir a su agenda una lista de tareas preventivas.

Consiste en desarrollar su capacidad para incorporar la SST en las decisiones que ya toma.

  • Cuando organiza el trabajo.
  • Cuando asigna una tarea.
  • Cuando gestiona una ausencia.
  • Cuando observa una desviación.
  • Cuando aparece una avería.
  • Cuando alguien plantea una dificultad.
  • Cuando se produce un incidente.
  • Cuando existe presión por terminar.

Y el liderazgo preventivo cambia también de naturaleza. No se trata de que la persona al mando sea quien tenga siempre la respuesta. Se trata de conseguir que su equipo sea capaz de ver, hablar y actuar sobre la seguridad.

Preguntar puede ser una herramienta preventiva

A veces pensamos que liderar consiste fundamentalmente en decir:

  • Dar instrucciones.
  • Marcar expectativas.
  • Corregir.
  • Explicar.

Pero quizá una de las herramientas más potentes de un mando para generar participación sea mucho más sencilla: preguntar.

  • ¿Qué es lo que más te preocupa de este trabajo?
  • ¿Qué puede salir mal?
  • ¿Qué hacemos aquí diferente a lo que dice el procedimiento?
  • ¿Qué parte de esta tarea resulta más complicada?
  • ¿Qué necesitarías para poder hacerla mejor?
  • ¿Qué riesgo estamos aceptando sin darnos cuenta?
  • ¿Qué cambiarías?
  • ¿Qué hemos aprendido de lo ocurrido?

Son preguntas sencillas. Pero tienen una consecuencia importante. Transmiten que el conocimiento no está únicamente arriba. Y que hablar sobre cómo trabajamos forma parte del propio trabajo.

De la participación formal a la participación cotidiana

Los órganos formales de participación son imprescindibles. Pero la cultura preventiva se juega también en espacios mucho más pequeños:

  • En una conversación antes de empezar un trabajo.
  • En una reunión de producción.
  • Durante una intervención de mantenimiento.
  • Cuando alguien comunica una anomalía.
  • Cuando revisamos un incidente.
  • Cuando diseñamos una mejora.
  • Cuando un trabajador nuevo pregunta por qué hacemos algo de determinada manera.

Son momentos en los que la organización puede responder de dos formas.

“Esto siempre se ha hecho así”.

O:

“Cuéntame qué estás viendo”.

La segunda frase parece pequeña. Pero detrás de ella hay una concepción bastante diferente de las personas.

Algunas preguntas para nuestra organización

Como en el primer artículo de esta serie, propongo terminar la reflexión mirándonos a nosotros mismos.

Podemos preguntarnos:

  1. ¿Participan las personas antes de tomar decisiones que van a modificar su trabajo?
  2. ¿Nuestros equipos pueden cuestionar una situación que consideran insegura sin que se interprete como falta de compromiso?
  3. ¿Qué ocurre realmente cuando alguien comunica un problema?
  4. ¿Escuchamos a quienes hacen el trabajo para entender las diferencias entre lo previsto y lo que sucede realmente?
  5. ¿Nuestros mandos preguntan sobre seguridad o fundamentalmente dan instrucciones?
  6. ¿Las personas conocen hasta dónde llega su capacidad de decisión cuando aparece una situación no prevista?
  7. ¿Explicamos qué hacemos con las propuestas que recibimos?
  8. ¿Investigamos los incidentes con quienes conocen el trabajo?
  9. ¿Estamos creando autonomía responsable o dependencia del Servicio de Prevención?
  10. Y quizá la más incómoda: ¿queremos realmente que las personas participen cuando pueden decirnos algo que preferiríamos no escuchar?

Las respuestas pueden darnos bastantes pistas sobre nuestra cultura preventiva.

Propietarios y protagonistas

MONDRAGON resume uno de sus valores asociando cooperación con una idea sencilla: propietarios y protagonistas, y entiende la participación como compromiso con la gestión.

No todas las organizaciones tienen una estructura cooperativa. Pero la pregunta que plantea esta forma de entender la empresa puede trasladarse a cualquier organización: ¿queremos personas que únicamente ejecuten el trabajo o personas capaces de participar en cómo se hace?

Desde la seguridad y salud, la respuesta me parece clara. Necesitamos personas que conozcan las reglas. Pero también que piensen. Que observen. Que pregunten. Que compartan. Que adviertan. Que propongan. Que cuiden. Y que puedan actuar.

Porque decir que la seguridad es responsabilidad de todos es sencillo. Construir una organización en la que todos tengan realmente la capacidad de ejercer esa responsabilidad es bastante más difícil.

Quizá sea ahí donde empieza de verdad la participación. Y también una cultura preventiva más madura.

De decir “la seguridad es cosa de todos” a hacerlo realidad

En Osarten entendemos la formación en seguridad y salud como una oportunidad para avanzar en prevención y desarrollar cultura preventiva, buscando que las personas sean protagonistas de su aprendizaje y que incorporen el autocuidado y el cuidado de los demás a su actividad cotidiana.

Desarrollamos formación y entrenamiento para la integración de la seguridad y salud y el desarrollo de cultura preventiva dirigidos a alta dirección, línea de mando y personas trabajadoras, adaptando las actuaciones a las necesidades de cada organización.

En el caso de la línea de mando, trabajamos sobre situaciones reales de su día a día para identificar qué decisiones pueden influir en la seguridad y salud de sus equipos y cómo actuar para evitar o reducir riesgos. La metodología incluye aplicación práctica entre sesiones y puesta en común de las experiencias.

Porque probablemente una de las mejores formas de integrar la prevención no sea decir a las personas qué tienen que hacer.

Es ayudarles a desarrollar la capacidad para tomar mejores decisiones cuando tengan que hacerlo.

Desde Osarten podemos acompañarte en ese proceso. Llámanos y te ayudamos:

Igor López
iglopez@osarten.com | 619 288 048

Patricia González
pgonzalez@osarten.com | 634 855 245

 

Para saber más:

Fundación Arizmendiarrieta: https://arizmendiarrietafundazioa.org/

Imágenes: pexels & pixbay

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